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Miércoles, 23 Enero 2013 14:33

Desde la cocina

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Hace cuestión de un mes atrás dentro del equipo de Live The Roof Magazine a alguna desquiciada mente se le ocurrió que Cocinero Patán (un servidor…) podía escribir algo a modo de sección que mezcle gastronomía y música. Me propusieron colaborar escribiendo sobre gastronomía, que es lo mío y acepte encantado ya que como bien sabéis, los cocineros llevamos nuestro ego casi a las alturas del ego de un argentino. Llevaba tiempo con el gusanillo de querer colaborar de alguna maneracon el, según mi humilde criterio, mejor magazine online musical. (Esta es la parte donde les hago un oco la pelota a la familia Live the Roof)

Pasaban los días y en mi cabeza solo había una pregunta… “¿y ahora de que escribo?”, pensaba mientras removía salsas al ritmo que mi humor  dictaba sobre las enormes listas de música que mi ordenador guarda.

Recorría góndolas de supermercado intentando buscar algo sobre lo que escribir sin que se note demasiado que ni soy de letras ni de números, vamos, lo que se dice un cenutrio interesante. Las cajeras del supermercado me repetían el importe a pagar una y otra vez  intentando que mi cabeza salga del coma intelectual. Las señoras, me pegaban con sus barras de pan para que me moviera en la condenada fila. Y nada. Ahí estaba yo más en blanco que la cabeza de un presidente de la nación…

“¡Vaya ridículo espantoso voy a hacer!”, pensaba para mis adentros. Probé escuchando música todo el día. Desde que me despertaba hasta que me acostaba. Incluso me pegaba los cascos con celo para que mientras dormía también escuchara música. Estaba desesperado. Hasta probé tragarme un día entero de Canal Cocina pero sin audio y con los vecinos protestando por el elevado volumen con que sonaba “The darkside of the moon” en un bucle infinito… Pero no había caso. No se me ocurría ninguna forma en la que gastronomía y música pudieran hablar el mismo idioma. Me sentía como cuando no me sale ni un mísero huevo frito. ¿Cómo podía  conjugar en palabras los sentidos del gusto y el oído?. ¿Cómo relacionar dos de mis pasiones como son la música y la cocina?.

Hasta que casi sin buscarlo y a punto de escribirle al Boss Romero comunicándole que dimitía en esta empresa  de escribir esta nueva sección en su magazine, ¡EUREKA!.

Me di cuenta que las similitudes entre un músico y un cocinero son muchas, muchísimas diría.

Un músico busca inspiración en cualquier cosa. Puede ser un amor, un gato azul (N.de R.: A saber que se fumó la “Rosarito” para ver un jodido gato azul), una barra de bar, una flor… cualquier cosa puede ser fuente de inspiración para crear algo.

Nosotros, los cocineros, buscamos la inspiración de la misma forma, nada más que  un cocinero donde flipa en colores es en un mercado de abastos. Entonces si a un cocinero le inspira una coliflor y a un músico un gato azul, podemos llegar a la conclusión de que ambos estamos como cabras.

Desde tiempos de Beatles, Elvis y demás, ser músico era sinónimo de ser una estrella. Era garantía de que tan solo diciendo:”Toco en una banda”, tenias el camino para ligar mas que allanado. Porque seamos sinceros, todos hemos pasado por nuestra fase “wannabe” y soñábamos con ordas de groupies deseosas de nuestros cuerpos. Inclusive servía si eras más feo que pegarle a un padre. Si tocabas en una banda tenias posibilidad de pillar cacho. Digamos la verdad, nos comprábamos una guitarra solo para darle guantazos con la esperanza de que algún día la vecina del quinto piso nos diera algo mas que calabazas.

Hoy, podemos decir que los nuevos “rock-star” son los cocineros. Sino, mirar al bueno de Alberto Chicote que ahora aparece hasta en los cereales del desayuno. Y puedo afirmar, que en estos días si dices que eres cocinero, ligas. Aun siendo un cayo malayo como yo si te haces cocinero tendrás la oportunidad de no morir virgen.

Antes los cocineros éramos como los baterías. Siempre al fondo y tratando de que no se nos viera mucho. Ahora, estamos en portada, al pie de los focos. Ahora ya no se nos oculta, ahora se nos exhibe. Ahora nos es común escuchar la frasecita :”¡Conozco un cocinero que es lo mas de lo mas!”. Ya dejamos de ser el gordito al que siempre mandaban a portería, ahora somos los “Cristianos Ronaldos” de cenas de empresa y eventos.

En estos días decir que has probado un plato de Arzak ó de Ferran Adriá está a la altura de ver un concierto de U2. Son experiencias que contamos con orgullo de poder decir “Yo estuve ahí”.

Y si, luego de pensar en estas cosas, entendí que la música y la gastronomía estaban mas ligadas de lo que podría parecer.

Entendí que un músico considera su trabajo bien hecho cuando aplauden una canción, un cocinero disfruta cuando hay silencios en la mesa ó cuando tan solo se escuchan “mmmm’s”. Por ejemplo, en Argentina cuando terminamos un asado (“barbacoa” seria su símil ibérico) siempre salta alguien diciendo:”¡Un aplauso para el cocinero!”… y es ahí cuando internamente estallamos en mil orgasmos.

Caí en la cuenta que al igual que un músico, los cocineros tenemos la libertad de cambiar recetas a nuestro gusto y piacere. Si un músico hace un cover de “AcrosstheUniverse” luego va un cocinero y te sale con una deconstrucción de tortilla de patatas… Somos así. Almas libres de hacer lo que nos sale de los coj… ( ¿se puede decir “cojones” aquí? ) y quedarnos tan anchos.

Confirmé que al igual que los músicos necesitamos de nuestra dosis de locura. Que si un músico se encierra en un estudio durante meses para grabar un disco, un cocinero puede encerrarse durante meses entre fogones hasta dar con la receta adecuada. Y ambos, vivimos el nerviosismo de dar a conocer nuestra obra. Nos tiembla el alma cuando la mesa esta servida al igual que un músico sufre en los primeros instantes en un escenario.

Y mira tu por donde, ahora mismo, siento los mismos nervios que cuando creo alguna receta nueva. Estrenando sección. Esta vez nuestra receta será un puñado de palabras, una pizca de sonrisas, cariño a cascoporro y, como no, música que de eso también vivimos.

Espero este plato en forma de palabras sea de vuestro agrado.

¡Buen provecho!

Por @CocineroPatan

 

entero de Canal Cocina pero sin audio y con los vecinos protestando por el elevado volumen con que sonaba “The darkside of the moon” en un bucle infinito… Pero no había caso. No se me ocurría ninguna forma en la que gastronomía y música pudieran hablar el mismo idioma. Me sentía como cuando no me sale ni un mísero huevo frito. ¿Cómo podía conjugar en palabras los sentidos del gusto y el oído?. ¿Cómo relacionar dos de mis pasiones como son la música y la cocina?.

Hasta que casi sin buscarlo y a punto de escribirle al Boss Romero comunicándole que dimitía en esta empresa de escribir esta nueva sección en su magazine, ¡EUREKA!.

Me di cuenta que las similitudes entre un músico y un cocinero son muchas, muchísimas diría.

Un músico busca inspiración en cualquier cosa. Puede ser un amor, un gato azul (N.de R.: A saber que se fumó la “Rosarito” para ver un jodido gato azul), una barra de bar, una flor… cualquier cosa puede ser fuente de inspiración para crear algo.

Nosotros, los cocineros, buscamos la inspiración de la misma forma, nada más que un cocinero donde flipa en colores es en un mercado de abastos. Entonces si a un cocinero le inspira una coliflor y a un músico un gato azul, podemos llegar a la conclusión de que ambos estamos como cabras.

Desde tiempos de Beatles, Elvis y demás, ser músico era sinónimo de ser una estrella. Era garantía de que tan solo diciendo:”Toco en una banda”, tenias el camino para ligar mas que allanado. Porque seamos sinceros, todos hemos pasado por nuestra fase “wannabe” y soñábamos con ordas de groupies deseosas de nuestros cuerpos. Inclusive servía si eras más feo que pegarle a un padre. Si tocabas en una banda tenias
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